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Por  OCIO

Cuando hace unos años el argentino Juan José Campanella recibió el premio Óscar a la mejor película de habla no inglesa por su filme El secreto de sus ojos, agradeció a la Academia, de forma irónica, por “no contar el na’vi –idioma ficcional de la película Avatar– como lengua extranjera”. La broma del realizador argentino puede ser vista como síntoma de lo absurdo que es un premio denominado “de habla no inglesa”. Esta categoría entrega un reconocimiento a una película en la que los diálogos sean predominantemente en otra lengua distinta al inglés y que esté producida en un país fuera de Estados Unidos, entre otros requisitos. En algunas ocasiones, el premio ha causado controversia y ha puesto de relieve la ideología norteamericana. En la premiación del año 2002, la Academia rechazó el filme palestino Intervención divina por considerarla fuera de las reglas del galardón, ya que el Estado de Palestina no es un país reconocido internacionalmente.

De manera paradójica, esta categoría también ha reconocido filmes canónicos para la historia del cine. En su primera edición, como un intento de la Academia por estrechar al cine estadounidense con el de otros países, este premio fue recibido por el filme italiano El limpiabotas. En un comienzo, el premio era entregado de forma directa, y no fue hasta 1956 que comenzó a seguir el sistema de nominaciones. Así, fue entregado a filmes como 8 ½ de Federico Fellini, Como en un espejo de Ingmar Bergman, Mi tío de Jacques Tati. Películas que han marcado una pauta en la manera de hacer cine. Si bien la categoría puede resultar absurda, también es la que premia a los filmes que no se acercan tanto al faranduleo de Hollywood, filmes que no responden por fuerza al sistema de producción norteamericano.

Este año, entre los cinco filmes nominados, destaca la producción polaca Ida del director Paweł Pawlikowski. Filmada en blanco y negro, con un formato 4:3, la película relata la historia de una huérfana novicia que antes de tomar sus votos, debe pasar unos días con una tía que no conoce. Su tía es una jueza alcohólica, fumadora y con un carácter amargo y lleno de sarcasmo. Personalidades opuestas que chocan a lo largo de esta suerte de road movie polaca contextualizada en los inicios de los sesenta. Este filme representa, en cierta medida, a la mujer que debe aceptar un pasado inesperado y elegir su futuro. Hay aquí la incertidumbre mística que ya habíamos visto en Hadewijch de Bruno Dumont. Ida es una excelente película, uno de los pocos filmes donde la música de John Coltrane es usada con justicia.

Muy alejada de El francotirador de Clint Eastwood o Boyhood de Richard Linklater, filmes acartonados que sólo validan los valores tradicionales de esa cultura de habla sí inglesa. Es posible que Ida se lleve un galardón, que, se dice, se esculpió tomando como modelo a Emilio “El Indio” Fernández, director que por cierto, no era de habla inglesa.

 

Carlos Armenta 

 

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